Parte 11 y final: Se sacó la chaucha y el peso!!!

El esfuerzo ya estaba hecho, fueron más de 1.000 kilómetros y casi 100 horas de entrenamiento, con fondos, subidas, fartleks e intervalos. Todo esto debía plasmarse en la gran fiesta, la que estuve buscando por un año y que tenía que ser mi gran revancha y la gran coronación de todo un proceso para convertirme sí o sí en maratonista.

El sábado fui a buscar mi kit de competición, el que comprendía una polera técnica, el dorsal y otros objetos como barras de proteína, gel, el clásico llavero de fideos y un pocillo de caracoquesos instantáneo.

También había que sacarse la clásica foto junto al plano de la carrera y allí apareció Claudita, una de las compañeras del club que nos acompañó en Viña del Mar y en Maule. Un gran abrazo porque hacía tiempo que no nos encontrábamos en entrenos y en ruta. Esta vez iba por sus 21K en Santiago.

Luego, hice la fila para estampar mi polera técnica, la cual iba a agregar la frase de que había conseguido la chaucha y el peso. Una sorpresa para mostrar que había confianza en que la carrera se iba a dar. No quería, eso sí, que fuera mufa. Mientas hacía la fila me encontré con Rosita y Dani, dos chicas del equipo que iban a estar el domingo.


Sólo había que estampar mi polera y luego marchar a la casa, y cuando me marchaba me encontré con Ale, Anita y Majo, chicas de Viña del Mar que venían a participar también de la fiesta. También hacía tiempo en que no me encontraba con ellas, ya que todo el proceso de la maratón lo hice en Santiago y la última vez que las había visto fue en la gala del club.

Todos los encuentros con las integrantes de equipo fueron acompañados con mensajes de éxito y de buenos deseos para la corrida del día siguiente.

Ese sábado, posterior a buscar las cosas de la carrera, eran nervios, emoción y para preparar las cosas que iba a usar en el trayecto. La mochila de hidratación, la indumentaria, el número ya puesto en la polera del equipo y los geles que iba a consumir, que eran los mismos que probe en todos los controles y que eran de mandarina con cafeína. 

Con todo eso, solo quedaba dormir y esperar el día siguiente para ir al Parque O'Higgins, lugar donde se iba a llevar a cabo la largada y la meta de la maratón.

El domingo, la despertada fue a las 05:30, había que ducharse y preparar el desayuno, el que, según la pauta del nutricionista, debía consistir en lo mismo que comía en los largos, y en mi caso era el pan con dulce de membrillo, ya que era un elemento rico en azúcar, clave para los primeros kilómetros de carrera. 

Además, había que preparar la mochila con las isotónicas, considerando el volumen que utilicé en los controles previos, para esta ocasión llené la bolsa con 1,5 litros, lo que debía durar para el total de la distancia.

Mientras iba en el trayecto, me comía un plátano y me tomaba el resto de isotónica que no había puesto en la mochila, para ya llegar con hidratación. Claro que toda la semana, además, estuve consumiendo al menos una bebida isotónica diaria para llevar no estar deshidratado en la carrera.

Tras llegar en metro, en el parque busqué la carpa del club para empezar todo el proceso de calentamiento y ya ponerme en modo maratón. Rosy, una de las chicas que también haría maratón este año, me ayudó a sacar el camelback, mientras que iba preparándome.

Ya con la foto del club, y una ida al baño, se hizo el trabajo de calentamiento, con un trote y ejercicios técnicos. El coach me ayudó a configurar el Live Track en el celular, ya que uno es medio ñurdo con este tipo de cosas, y ya con yodo listo, emprendí con el resto de los maratonistas rumbo al encajonamiento.

Ya había un sol radiante y había que ir más relajado, pero era complicado porque sabía que tenía que cumplir con mi estrategia de carrera, que implicaba un margen de ritmo para poder sacar la distancia en un borde 4 horas, tiempo generado en base a todo el proceso previo.

Una vez que se generó la largada, me saludo con el resto de las chicas -Jen, Clau, Sandrita y Elita- que también iban a competir en la maratón, y partí a buscar mi ritmo. Claro que la cantidad de gente que estaba al comienzo dificultaba un poco eso. Tanto así que en los primeros dos kilómetros ya iba a un ritmo de 5:30 - 5:35, que era lo que planifiqué y se lo comento al coach que me acompañó en algunos metros.

Ya en Avenida Matta seguí sosteniendo el ritmo, incluso ya en el kilómetro 3 hice mi primer uso de la mochila para hidratarme, aunque cometo un error y aprieto un botón del reloj y descalibré el pace pro, por lo que me marcó tramos de kilometrajes distintos. No quedaba otra que guiarse por los carteles de la carrera.

Tras este percance, llego al kilómetro 4,5 donde estaba la primera parada de isotónica y agua, ahí solté un poco, en el falso plano de Avenida Grecia y en ese tramo me encuentro con Pablo y Cecilia, que habían partido algo adelante y aprovecho de sumar sus mangas y guantes en la mochila, las que luego les iba a entregar cuando llegáramos a la meta.

Ya subiendo por Campos de Deportes, tomo mi tercer sorbo de isotónica desde el camelback y consumo mi primer gel, el cual acompañé con agua para pasarlo. En ese entonces ya estaba sosteniendo el ritmo de 5:30 - 5:35 planificado y seguía con bien tranco, hasta el kilómetro 10, en Francisco Bilbao, donde ya paso por otro puesto de hidratación y la histeria de un corredor que quería pasar rápido por ese sector me ofuscó, pero había que sacudirse rápido y seguir. 

Mi estrategia era consumir desde la mochila y no saltarme ningún puesto de hidratación, si quería sacar la distancia sin padecer calambres. Super importante para los corredores, cada uno tiene su estrategia de carrera y no debe adaptarla a ninguna otra, porque cada uno ya la preparó en los meses previos.

Fuera de ese hecho, seguí marchando ya en Los Leones y conforme el plan, iba marchando al tranco estipulado, allí pude bajar a los 5:25/km, aprovechando esa bajada. Mantuve mi carrera en ese trayecto y se veía mucha gente alentando, pero el foco era continuar con la estrategia, donde ya en el kilómetro 14 consumo mi segundo gel.

Todo el tiempo ganado en este tramo me iba a ayudar para sacar una buena carrera, por lo que, tal como lo había considerado, en Rodrigo de Araya, ya perfilándome a Jorge Monckeberg reviso mis pulsaciones, por lo que pasé a mi segunda fase del trabajo, que era evitar que se disparara ese indicador sobre los 160 ppm. 

Se retoma Grecia y Verito, una de las corredoras del equipo que no pudo participar, nos iba grabando en un tramo previo al giro por la Rotonda que conduce hasta Américo Vespucio. Ya iba encaminado al kilómetro 17 y se venían unos 10k prácticamente superando los 600 metros sobre el nivel del mar. En el Parque O'Higgins habíamos iniciado con una altitud de 560 metros s.n.m. y ya se sentía la subida.

En Vespucio, sólo quedaba trabajar las pulsaciones y, tal como había dicho, no debían pasar las 160 ppm. La razón era bien simple, en la maratón del año pasado ese trayecto lo hice con una frecuencia cardíaca de 180 ppm, con las piernas muy exigidas, lo que a la larga me trajo nefastas consecuencias, no pudiendo disfrutar la bajada y sufriendo de los calambres.

En esta ocasión, busqué mantener ese rango de frecuencia, lo que implicó por consiguiente una baja en el ritmo de carrera, pero era una o la otra, no podían ir las dos cosas de la mano si quería completar ese trayecto. Recordé que la clave para pasar los controles y los trotes en el lugar durante el proceso fueron suaves y estudiando la ruta, claro que en algunos casos era más rápido, pero ya tenía en este momento más de 17 kilómetros encima.

Ya se sentía el calor, por lo que no era opción intentar una subida más fuerte, además que ya estaba bajando a rangos de 5:45 - 5:50 en los primeros kilómetros de esa subida, por lo que sólo había que seguir las sensaciones.

Ya en el kilómetro 20 me tomo mi tercer gel y ya sosteniendo una frecuencia bajo las 160 ppm, lo cual era muy bueno y significaba para mí una mejora gigante respecto de la maratón anterior. La hidratación iba bien para lo que estaba haciendo, así es que no debía generar problemas.

En el kilómetro 21 miro mis tiempos y veo que ya estaba bordeando las 2 horas, de hecho iba en 1 hora 59 minutos 20 segundos, por lo que ya consideraba que bajar las 4 horas podía o no suceder, y sólo me centré en  continuar el trote que estaba haciendo. Al llegar al kilómetro 22, el ritmo marcó 6:19, siendo éste a la postre el más lento en toda la carrera.

En el kilómetro 24, ya por Escuela Militar, además de la hidratación, me entregan naranja y plátano, eran necesarios ya en ese instante, por lo que no dudé en comer. Las piernas ya estaban acusando el rigor de la subida y me empecé a tararear una canción para seguir avanzando y dándome ánimo, porque no había que flaquear. No me iba a permitir eso.  

Kilómetro 26 y voy por mi cuarto gel y sólo esperaba cerrar esta subida, pero ya estaba sobre los 6:00/km y me olvidé por completo de las 4 horas, lo bueno es que nunca subí mis pulsaciones, lo que en teoría me entregó una economía de carrera fabulosa. En los kilómetros 27 y 28, la gente del ligar nos echaba agua con mangueras, porque el calor era apremiante, y varios nos facilitaban agua o isotónica, junto con lo que ya había consumido en el puesto de hidratación que estaba allí.

Ya correspondía la bajada y por sensaciones vi que estaba mucho mejor que el año pasado, de hecho, todo el sector del parque Bicentenario lo pude realizar menos exigido. La prueba está en que mis ritmos bajaron a 5:35 - 5:40, 20 segundos menos que la subida.

Se observaban algunos afectados en la ruta, algunos gritando por sus calambres, de verdad los entendía ya que el esfuerzo a la hora que estaba sucediendo era más que evidente y era brutal. Las piernas, en mi caso, si bien acusaban el esfuerzo, no era como la vez anterior, donde prácticamente no pude avanzar, ya que estaba fundido. Ahora, podía continuar y hacerlo en un ritmo de 5:40 - 5:45 promedio.

Ya solté el enfocarme en las pulsaciones y prácticamente no quería mirar el reloj, sólo buscaba bajar en la Costanera. En el kilómetro 31 me tomo el penúltimo gel y en el 32 me encuentro con Pablo, quien había acordado conmigo acompañarme en la recta final y de inmediato empezó el trabajo para cumplir con el objetivo de cruzar al meta. Se mantuvo el ritmo, y me iba marcando el paso, pero no podía ceder, el bajar la guardia no existía en esta estrategia.

El apoyo fue clave, me iba a buscar la fruta y la isotónica mientras yo buscaba el agua. Debo reconocer que a estas alturas del recorrido sólo hablaba con monosílabos, el cansancio se notaba, pero si sostenía el ritmo, no debería haber problemas al final.

No había mucha sombra por lo que el espacio que había se aprovechaba al máximo, aunque ya en el kilómetro 35, en plena Plaza Italia, sólo había que continuar, el comento que vamos muy rápido y que bajemos la velocidad, ya que miré e reloj e íbamos a 5:15/km. Me preocupé porque aún quedaba trayecto para llegar al Parque.


El objetivo era llegar al término de la carrera y cerrarla, aunque ya en el trayecto de la Alameda se veía algo complicado. "Vamos Pedro, hay que terminar esta carrera, el propósito es ese", me decía Pablo, mientras a lo lejos veíamos a Rafa, otro de los maratonistas y que ya sentía el rigor de la carrera. Lo alcanzamos en el kilómetro 36 y nos acompañó hasta frente a La Moneda donde las complicaciones del esfuerzo se hicieron notar y debió ir más atrás.

Tampoco digamos que mi esfuerzo era el mejor, aunque mantenía un rango de 5:50 - 5:55/km. Si lo comparo con el año anterior, era mucho mejor y, por sobre todo, no había parado a caminar, lo cual era un avance absolutamente notorio. Todo lo contrario, seguía sosteniendo el trote, aunque por ahí intentaba aparecer un indeseable invitado, el calambre, pero bajando el ritmo lo pudimos vencer.

Continuamos el tranco y cerca del kilómetro 37 me tomo el último gel,y ese lo sostuvimos un poco más, para mantener los nutrientes por más rato. Ya aparecían Paz y Angélica grabándonos y optamos por seguir enfocados en la ruta, no nos podíamos distraer ya que no quedaba nada.

Angélica nos acompaña por el trayecto de Almirante Barroso y ya había bajado un poco el ritmo, a casi 6:00/m, porque honestamente las piernas respondían muy poco, aun que en esa bajada algo pudimos retomar, y sostener el trayecto en el último puesto de hidratación (km. 39), mientras que echaban agua porque había que bajar la temperatura.

Llegamos a parte de los adoquines, cerca del parque y en esa había que pisar con el máximo del cuidado, no tenía que repetir lo sucedido el año pasado y continuamos con un tranco firme, ya diviso a la barra de los compañeros de equipo y la emoción me embargaba, pero no podía manifestar algún atisbo de saludo o algo así, eso implicaba pasar por lo mismo, donde resbalé con un adoquín y ahí se activaron todos los calambres.

En esta ocasión, continuamos y se nos acerca el coach y ve que estábamos avanzando muy bien. Se nos suma en el camino Benjamín, hijo de Dani, quien nos acompaña hasta el último tramo. Ya superamos el kilómetro 40 y con ello había sobrepasado con creces lo alcanzado el año pasado, sólo había que seguir, pero por ahí nuevamente un indeseable espasmo quiso aparecer, nuevamente bajé el ritmo y ahí se alivió.

Ya giramos a Rondizzoni y no quedaba nada, lo demás, era tomar agua para abordar la última milla y cerrar la carrera. Entramos al parque y en el camino aparecen dos lomos de toro, "ojalá no aparezcan otros lomos de toro", dije, pero ya no quedaba nada, en verdad, nada, la meta estaba sólo a metros.


"Mira, ahí está la meta, te soltamos para que la cruces", me dijeron y con lo que quedaba avancé, ya estaba ahí y cuando paso el pórtico y paro el reloj, atino a gritar "salió!!!!!". El objetivo se había cumplido y se consiguió con un tiempo de 4 horas 4 minutos y 28 segundos. Si bien había dejado de pensar en las 4 horas en la subida de Vespucio, estuve bien cerca de ello. Pero ya estaba todo listo.

No sólo se completó la carrera, sino que sostuve el trote en prácticamente todo el recorrido y finalmente vencí al calambre que pudo llegar, pero que no alcanzó a cumplir su objetivo, sí logré el mío y estaba muy feliz. Conseguí la chaucha y el peso, que era lo que me propuse en todo el proceso, que era lo que buscaba y para lo cual trabajé todo un año, sumando confianzas en las carreras, mejorando mi capacidad, el peso y cumpliendo con el plan prácticamente a rajatablas.

Llegué a la carpa y sólo había felicidad, caminaba, elongaba y me hidrataba, con el fin de estabilizarme. Además, habían llegado mis partners de siempre y saltamos celebrando lo que conseguí. Esperamos al resto de los maratonistas y sacamos el último trabajo de elongación, para cerrar una jornada memorable, de la cual puedo estar mucho tiempo recordándola porque de verdad el objetivo se cumplió de sobra, pasé a ser maratonista con todas las de la ley.

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