Parte 4: La gran gesta de Viña del Mar

Ya fuera de lo conseguido en Maule, donde pude aguantar bastante un ritmo fuerte, claro que con inclinación negativa, había que poner el foco para lo que se venía en Viña del Mar. El último largo previo a esta carrera comprendía hacerlo con 18 kilómetros, ya con sensaciones en torno a lo que debía ser la competencia. 



Sin embargo, opté por hacerlo más suave, con pulsaciones bajas y a un ritmo tranquilo, acompañando a las "roomies" -Shole, Gisse y Clau- que estaban conmigo ese día y que prefirieron, al igual que yo, hacer el largo por estos lados, considerando que la mayoría del equipo estuvo en Viña del Mar.

Nos juntamos temprano, ya que el calor de esa fecha (octubre) estaba haciendo mella. Nos juntamos en el Cerro San Cristóbal y partimos en dirección a la Costanera, camino a lo que denominamos "El Muro". Lo que sí, alcanzamos a hacer los 9 kilómetros de subida. Cada uno a su ritmo, aunque en mi caso, iba más pausado.

Se trabajó todo lo relacionado a la estrategia de hidratación y consumo de geles y aguantando la distancia. Mal que mal, se venía una prueba de 21k desafiante, más por el ritmo que por las condiciones de la prueba en sí.

Por razones obvias, ese trote fue más lento de lo normal, pero muy controlado, lo que en cierta forma podría ayudar a mejorar la capacidad aeróbica y respiratoria de cara a lo de Viña. Personalmente me quedé conforme con lo realizado y si bien observé que varios de mis compañeros lo dieron todo en su control, lo que en cierta parte me centró dudas de si fue lo adecuado desde lo que hice, sabía que estaba cerca y que podía mirar una buena media maratón.

Sin embargo, los entrenamientos de la semana, tanto los trotes suaves como los de intensidad, iban marcando lo que podía llegar a hacer en la carrera. Aunque había jornadas en las que por el peso de la pega, debía sacar el entrenamiento más tarde de lo presupuestado, pero teniendo un parque cerca había que aprovecharlo.

Las sorpresas seguían apareciendo y ya se notaba una baja fuerte de peso, desde los 83 kilos con los que corrí la Maratón de Santiago en mayo, había llegado a los 76 kilos una semana antes de la media maratón de Viña.

Más que visualizar aprontes, que de por sí estaban casi definidos, en el equipo pensaban que podía bajar la 1:45:00 , llegando a la 1:43:00 , lo cual ya era un tremendo pronóstico. Ahora bien, no me molestaba si igualaba ese tiempo, porque venía de un proceso donde retomaba los ritmos luego de un primer semestre donde el foco fue la carga de kilómetros. Sí, internamente, pensaba que podía hacer #elmejor21kdelahistoria2.0 , en virtud de todo lo que había trabajado.

Esa semana fue nerviosa, muchas sensaciones y harto entusiasmo, estaba muy disperso y sólo estaba en modo carrera, costaba poner la concentración y eso era muy evidente. Pero había que seguir adelante, y no podía dejar de pensar en lo que se venía. Los entrenamientos daban cuenta de esas sensaciones y las pulsaciones estaban muy disparadas, había dudas sobre si podía llegar bien.

Motivación de por medio, sólo quedaba preparar las cosas para llegar bien el día de la carrera, coordinar con el equipo a la hora que íbamos a partir para Viña el sábado, ver la indumentaria, armar el bolso, cargar el reloj y ya analizar la ruta y cómo ir en la carrera.

El sábado, un día antes de la competencia, partimos. Todo iba bien hasta... un taco cerca del sector Noviciado retrasó todo el itinerario de ruta, llegando muy al justo para ir a buscar el kit de la competencia -donde además dimos varias vueltas en el Mall para encontrar el lugar, y más encima el número estaba en un sector y la polera en otro lado-, comer y llegar a alojar donde habíamos buscado.

Ya sólo quedaba pernoctar y descansar para la carrera. Pero... a las 3 de la mañana despierto de la nada, y pasó un buen rato para que pudiera retomar el sueño. A las 05:30 despertamos muy rápido, ya que nos esperaban cerca de las 7 de la mañana en el sector 2 de Reñaca.

Ducha rápida, vestirse, con el número puesto en la polera del club, guardar las cosa, entregar el lugar de alojamiento y partir cuanto antes hacia donde estaba el equipo. El tiempo que ganamos en llegar se perdió en parte con la ida al baño, donde hubo que esperar un buen rato, porque había que hacer fila.

Llegó la hora de calentar, hacer los ejercicios técnicos y conversar con excompañeros del club que llegaron a saludar, para luego ir a encajonar. Ya habían salido los maratonistas, por lo que correspondía que se prepararan los de 21K y posteriormente los de 10K. Cuando divisé gente yendo a la zona de partida, atiné a ir nomas, saludé al coach, quien me dio algunas recomendaciones, además de los geles que le había encargado y con los que ya había entrenado previamente y ya había comenzado a rodar la carrera.

La partida fue inmediata, me apegué a Rodrigo, uno de los integrantes del equipo con quien había entregado los 21 de Buenos Aires, pero que estaba retomando por una lesión, atiné a correr con él el primer kilómetro, pero mi ritmo era superior, por lo que solté para avanzar en la ruta. 

Gran parte del trayecto lo hice en solitario, es decir sin pacer, y sólo pendiente del ritmo del reloj y que el ritmo fuera sostenido, para que no me afectara el rendimiento. Ya iba en el kilómetro 7,5 cuando tomé mi primer gel, y al poco andar me supera Felipe, uno de los medio maratonistas con los que había entrenado este proceso, pero que iba con velocidades mejores que las mías.

Llegó el retorno en el kilómetro 10 y ya veía que era el tercero del club que iba a cruzar ese tramo, todo estaba yendo muy bien, estaba soportando el ritmo de 4:45 muy bien y sólo tenía que seguir así para lograr mi objetivo.

Ya en la vuelta, iba contento. saludaba a mis compañeros que estaban en ruta, por lo que iba muy bien e incluso hubo instantes en los que llegué a estar corriendo en 4:30 de manera sostenida. Sólo atinaba a avanzar y a cruzar el plan de Viña para cerrar de buena manera la carrera.


Sin embargo, en el kilómetro 15 me topé con el pelotón de los que corrían 10k, por lo que sólo quedaba sortear la masa humana y buscar un espacio para retomar un ritmo fuerte. Ya en el kilómetro 18 iba mirando el reloj para ver cómo estaba para superar la meta con el objetivo planificado. Ya veía el resultado muy cerca y sólo había que seguir.

Llegando al sector de San Expedito ya sabía que estaba listo con la meta, y sólo había que alargar la brecha. Al hacer la curva para llegar al kilómetro 21, me fui con todo para bajar la 1:40:00, y sólo mi vista estaba apuntando a la meta, la cual pude cruzar en 1:39:26, 6 minutos bajo mi mejor distancia y por lejos, lo mejor que había hecho en una carrera de larga distancia.

Todo el esfuerzo hecho desde mayo dio frutos, se consiguió un resultado mucho mejor que el esperado y generó gran confianza para todo lo que debiera ser el próximo proceso, que comprendería intentar nuevamente la Maratón.


Pero eso no fue todo. El destino me puso para acompañar al pelotón de maratonistas que debían pasar por el kilómetro 30, sólo eran 12 kilómetros más, pero no por ello menos exigentes. Y se pudo hacer, junto a las maratonistas que estuvieron sacando la distancia. No sólo fue un apoyo para ellas, sino que un envión de confianza para todo lo que se vendría.

Esto es una parte de la historia increíble que espero que llegue a buen puerto en mayo del 2023, pero para eso, aún hay harto paño que cortar y harto que contar.

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